Silenciosa y silenciada

En este país aún existen muchas recetas dormidas, silenciosas, silenciadas y, en algunos casos, denostadas antes de que pudieran probarlas algunas bocas. Pero basta rascar un poco en los habitantes de estos lugares olvidados para empezar a salivar y revolverte de alegría por lo que te espera en el perol.

Estos días regresé a la Alpujarra granadina, tierra dura, complicada, pero terriblemente bella. En concreto, las curvas de la intrincada carretera me llevaron a Lobras, un pequeño pueblo que en invierno no llega a los 50 habitantes y del cual han dicho que es tierra de silencio y olvido. Románticos adjetivos en estos tiempos que, en realidad, hablan de un pasado duro. Pero mirad lo que vi nada más llegar. En el cartel de la entrada, entre los datos de fiestas patronales, día de mercadillo y callejero del lugar, destacaban la gastronomía, con el dato de sus platos principales.

De nuevo, la evidencia no vista por muchos, nos estalla en la cara a otros. La gastronomía no sólo sirve para alimentar cuerpo y alma, sino que debe ser ya de manera indiscutible un brazo más del sector del turismo, industría, cultura u organismo oficial que se tercie. ¿De qué nos vale encumbrar a los cocineros estrella si luego la mayoría de la población no puede comer en sus casas (cuestión de dinero, no por falta de ganas)? Tratemos bien a los primeros, que son los que hacen la marca España, pero fomentemos y ayudemos de forma oficial y seria (quizá en este adjetivo esté el problema) a la cocina que realmente llega a todo el mundo, la que hacen esos otros cocineros ”sin estrella” con gran esfuerzo, grandes dosis de humor y muchas horas de calculadora. ¡Reconozcamos esa “fritaílla de San Agustín” que el paisano de turno puede comerse por ocho euros!

 De vuelta a la realidad, lo de las ayudas es pura ensoñación, y gracias a Ana Rodríguez, la encargada de hacer revivir a muchos de sus habitantes gracias a su casa, “El Huerto de Lobras”, me traje media docena de huevos de “altura”, en concreto de casi 800 metros de altitud, y la promesa de cocinar alguna de las recetas que guardan desde hace años las mujeres del pueblo. Y me he traído algunas, como las tortas de Morón, el ajoblanco con patatas y habichuelas verdes, o los buñuelos de viento de ”papas”.

Por cierto, yo odio el silencio, también ese que califican de “cómodo”.

(Yema dorada y sabor extremo. Estos sí son huevos de verdad)

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Silenciosa y silenciada

En este país aún existen muchas recetas dormidas, silenciosas, silenciadas y, en algunos casos, denostadas antes de que pudieran probarlas algunas bocas. Pero basta rascar un poco en los habitantes de estos lugares olvidados para empezar a salivar y revolverte de alegría por lo que te espera en el perol.

Estos días regresé a la Alpujarra granadina, tierra dura, complicada, pero terriblemente bella. En concreto, las curvas de la intrincada carretera me llevaron a Lobras, un pequeño pueblo que en invierno no llega a los 50 habitantes y del cual han dicho que es tierra de silencio y olvido. Románticos adjetivos en estos tiempos que, en realidad, hablan de un pasado duro. Pero mirad lo que vi nada más llegar. En el cartel de la entrada, entre los datos de fiestas patronales, día de mercadillo y callejero del lugar, destacaban la gastronomía, con el dato de sus platos principales.

De nuevo, la evidencia no vista por muchos, nos estalla en la cara a otros. La gastronomía no sólo sirve para alimentar cuerpo y alma, sino que debe ser ya de manera indiscutible un brazo más del sector del turismo, industría, cultura u organismo oficial que se tercie. ¿De qué nos vale encumbrar a los cocineros estrella si luego la mayoría de la población no puede comer en sus casas (cuestión de dinero, no por falta de ganas)? Tratemos bien a los primeros, que son los que hacen la marca España, pero fomentemos y ayudemos de forma oficial y seria (quizá en este adjetivo esté el problema) a la cocina que realmente llega a todo el mundo, la que hacen esos otros cocineros ”sin estrella” con gran esfuerzo, grandes dosis de humor y muchas horas de calculadora. ¡Reconozcamos esa “fritaílla de San Agustín” que el paisano de turno puede comerse por ocho euros!

 De vuelta a la realidad, lo de las ayudas es pura ensoñación, y gracias a Ana Rodríguez, la encargada de hacer revivir a muchos de sus habitantes gracias a su casa, “El Huerto de Lobras”, me traje media docena de huevos de “altura”, en concreto de casi 800 metros de altitud, y la promesa de cocinar alguna de las recetas que guardan desde hace años las mujeres del pueblo. Y me he traído algunas, como las tortas de Morón, el ajoblanco con patatas y habichuelas verdes, o los buñuelos de viento de ”papas”.

Por cierto, yo odio el silencio, también ese que califican de “cómodo”.

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