Me lo debía

Nunca he escrito sobre ella. Y me lo debo.
Lo que comenzó con un flechazo en Twitter se transformó en una amistad a golpe de tuits llenos de “jajajajaj” “amén” y “reinona“.

Poco tiempo me costó volar sobre los raíles para presentarme en Valencia y comprobar que no me equivocaba, que se trataba de una amistad nacida gracias a la cocina.

Hace algo más de tres años, su casa, La Salita, era un restaurante en el que los paladares anónimos salían felices, era una época en la que disfrutaba de su éxito junto a su equipo, junto a su familia y nada importaba más porque tampoco había por qué preocuparse por otra cosa.

En La Salita disfruté por primera vez en un encuentro con gente que no conocía, pero con la que compartía una afición que se convirtió en algo más, en una forma de ver la vida. Y ella, que no el tiempo, nos dio la razón a esos que lo único que buscábamos era el puro hedonismo, el placer por el placer (que para eso la cocina debe ser felicidad a espuertas).

Aunque la distancia Madrid-Valencia ha sido siempre el impedimento de no poder ser testigo de primera línea de lo que cocina, tampoco fue y es excusa para oler, ver y saborear a golpe de teléfono lo que sale de su mente.

Con el paso del tiempo, (necesario para todos), y gracias a que la vida le ha puesto a sus pies ese escalón que buscaba, ha podido reivindicar con rotundidad y seguridad que, pese a no tener eso que ahora hay que tener por narices en la gastronomía, un “discurso”; su cocina puede con todo, y con todos, siempre jugando limpio.

Pero lo que ella a lo mejor no sabía, o no creía, era que a falta de no tener una cocina definida, en sus manos poseía el mayor éxito: la verdad y la honradez de su oficio.

Su cocina es la del color, la de la estética, la elegante, la provocativa, la sexy, la sabrosa, la salina, la de los encurtidos, la del mar, la de la caza.
Por eso creo que sí que tiene en su poder un discurso claro: el de la estética del sabor.

Evitemos pensar que se trata de algo cursi y sin contenido. Evitémoslo porque cuando la ves cocinar, cuando la ves maquinar sus platos, cuando la escuchas, sabes que algo muy bueno, algo muy rico (como toda la vida se ha calificado lo que te gusta) ha gestado.

En uno de sus dedos lleva tatuado “Pasión”. Ella sabe que no es mi palabra favorita, pero también sabe que eso es lo que hay que tener para que nada la pare.
Y nada te va a parar. Lo sé.
Me lo debía. Te lo debía.

(Y ojalá siga teniendo deudas pendientes contigo. Eso significará que, como Don Quijote y Sancho, seguiremos luchando contra molinos de viento

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