Ya soy salínica

Resucitar algo que creías muerto es lo más parecido a una utopía, algo que en mi vida no entra ya que no creo en los imposibles.
Pero sólo podía existir un motivo para volver a hacer latir a esta cafetera: los vinos de Jerez. Y aquí estoy de nuevo para confesaros mi amor incondicional por ellos.
Ya soy formadora homologada. Un título que ansiaba desde hacía años y que he conseguido gracias a su Consejo Regulador, a César Saldaña, a Pepe Ferrer y a Beltrán Domecq.

bota

Bota de Bodegas Tradición (Jerez)

Tres figuras indispensables para este universo de tradición y respeto que se ha apoderado de mi ser durante tres días de auténtica locura. Porque los generosos no son otra cosa que el resultado de una locura siempre dependiente de una decisión, esa que hará que un fino o una manzanilla pase a ser un palo cortado o que una manzanilla duerma un poco más hasta convertirse en algo con un pasado más longevo.
Demencia, si, pero también respeto por todas las manos que han pasado por esas botas, esos hombres y mujeres que han conseguido que las bodegas sigan en pie ofreciendo auténticas joyas que, pese a estar malvendidas -y si no veamos lo que cuesta un vino de 15 años, incluso de 30- son objeto de devoción para muchos, cada vez más.
Pero mi declaración de amor me lleva a ir más allá y desgarrarme descaradamente. Y es que solo así podré decir lo que voy a afirmar ahora: los vinos de Jerez son sensualidad y sexualidad a raudales.
No se asusten. Son sensualidad porque te acarician -aunque a veces desgarren-, porque te seducen como si se tratara de conversaciones hasta el amanecer. Y son sexualidad porque no sólo te llevan a estadios mentales, sino que también se traducen en sensaciones físicas de desasosiego, de excitación, de un “mmm….” largo. Un auténtico deleite de los cinco sentidos.
Ahora os puedo contar como gracias a la desaparición del Gremio de los Vinateros (S.XIX) se propició la aparición del sistema de criaderas y soleras; como la fortificación pasó de ser una cuestión de “exportación” a un paso fundamental para la creación de la identidad definitiva de estos vinos.
Pura lucha para hacer de esta tierra de albariza un santo y seña del amor al trabajo.
Lecciones aparte, ahora solo quiero gritar que amo la salinidad, que adoro el color negro de las botas, que me estremezco al ver rociar y que tiemblo cuando pienso que ya formo parte -de alguna forma- de esta tradición.

Y como los deseos a veces se cumplen, ahora solo espero poder ayudar, incluso profesionalmente, a que todo el mundo beba generosos.

P.D: Gracias, gracias y gracias a mis compañeros de curso.

grupo

Promoción 2018 de Formadores Homologados de Vinos de Jerez

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